El Agua.

Ya se viene el agua, dicen las doñas mientras se despiden apresurádamente antes de correr a casa a quitar la ropa del tendedero. Y yo no me acordaba que en México lloviera tanto. Practicamente desde junio hasta octubre, todos los días llueve. ¡Mitad del año!  Y es que aquí no llueve como en Europa: chipi chipi todo el día, o bien, una tromba potente y de un minuto de duración.

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Los Olores.

Para qué crearles falsas esperanzas: en este post voy a hablar muy mal de mi país. No voy a tocar los olores de copal, ni el del cilantro apenas cortado, ni el de las tortillerías. Y es que hay que reconocerlo: México tendrá olores ricos, pero casi todos se encuentran escondidos bajo la melma de hedores de ciudad. Basta caminar por cualquier calle para que distingamos el delicado olor del escape del pesero que nos tosió en la cara, los vapores de carne de perro que están cocinando en el puesto afuera del metro, o bien, la esencia de fruta podrida que exhalan las banquetas de nuestra ciudad. Si nuestra ciudad fuera una calcomanía rasca-huele, tendría el olor que dejan los mercados cuando se van: fruta vieja mezclada a basura y desagüe.

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