El Cht!*

He estado pensando en este post por varios días. Todo porque un día en el metro la señora sentada al lado de mí quiso llamar al tipo que vendía las paletas, y en vez de llamarlo o hacerle alguna seña, abrió la boca, paró la trompa y este ruido salió de entre sus labios: “cht!

Está por de más decir que el vendedor de paletas detectó este ruido por encima de los miles de otros ruidos que habitan ese mundo subterráneo, y se dirigió en línea recta hasta la futura come-paleta.

Personalmente, no soporto que la gente me llame con un cht!, pero noto que es parte de un lenguaje nacional, y su significado ha sido tácitamente acordado por todos los habitantes: “hey tu”.

Sigue leyendo

La música en vivo.

Como todos los días en un restaurante familiar, de esos económicos que tienen el menú fijo, donde ya me conocen y me preguntan cómo está mi familia. Normalmente es bastante tranquilo y puedo dedicarme a la lujuria estomacal acompañada de una buena lectura para distraerme de mis actividades laborales por una -corta pero bien apreciada- hora.

Sin embargo, una vez al mes, como la peor de las plagas, como la menstruación de las señoritas, como la siniestra luna llena,  escucho a mis espaldas el más terrible sonido que oídos humanos puedan escuchar: los acordes de una guitarra y una voz gargajienta de alguien que en un hilo contínuo de voz se presenta, se disculpa por la intrusión y comienza sus alaridos.

Sigue leyendo

Los besos.

Enfrente del lugar donde trabajo hay un parque. Sentarse en una de sus bancas para descansar unos minutos es imposible; siempre están todas ocupadas. Desde mi ventana los veo todos los días: hombres y mujeres, hombres y hombres, mujeres y mujeres, que se besan apasionadamente, sentados, horas y horas. Sigue leyendo

El Agua.

Ya se viene el agua, dicen las doñas mientras se despiden apresurádamente antes de correr a casa a quitar la ropa del tendedero. Y yo no me acordaba que en México lloviera tanto. Practicamente desde junio hasta octubre, todos los días llueve. ¡Mitad del año!  Y es que aquí no llueve como en Europa: chipi chipi todo el día, o bien, una tromba potente y de un minuto de duración.

Sigue leyendo

Los Olores.

Para qué crearles falsas esperanzas: en este post voy a hablar muy mal de mi país. No voy a tocar los olores de copal, ni el del cilantro apenas cortado, ni el de las tortillerías. Y es que hay que reconocerlo: México tendrá olores ricos, pero casi todos se encuentran escondidos bajo la melma de hedores de ciudad. Basta caminar por cualquier calle para que distingamos el delicado olor del escape del pesero que nos tosió en la cara, los vapores de carne de perro que están cocinando en el puesto afuera del metro, o bien, la esencia de fruta podrida que exhalan las banquetas de nuestra ciudad. Si nuestra ciudad fuera una calcomanía rasca-huele, tendría el olor que dejan los mercados cuando se van: fruta vieja mezclada a basura y desagüe.

Sigue leyendo

Las Gracias

Estaciono mi coche en el valet parking, me bajo y el encargado me abre la puerta, gracias joven. Le doy las llaves de mi coche y él me las intercambia por un boletito. Gracias.

Entro al restaurante donde me está esperando una señorita que me pregunta cuántos somos. Dos, gracias. Nos pide que la sigamos, nos indica una mesa y nos aclara que en un segundo llegará nuestro mesero, gracias. El mesero llega con los menús, gracias, nos pregunta qué vamos a querer de tomar: para mí una limonada…gracias. En un momentito les tomo la orden, dice, gracias, y se va. Escogemos nuestras respectivas comidas, regresa el mesero y nos toma la orden; yo voy a querer la ensalada y la arrachera…gracias. Recoge el menú de la mesa, enseguida se los traigo, gracias joven.

Minutos más tarde, regresa con una pequeña mesa que trae nuestra comida, nos pone el plato enfrente, cuidado que quema, sí, gracias. Terminamos de comer y regresa para preguntar si puede retirar el plato: sí, gracias. Le pedimos la cuenta y rápidamente coloca frente a nosotros una carpeta de piel negra, muchas gracias. Abrimos, revisamos que todo esté bien, dejamos nuestros billetes. El mesero recoge la carpeta: gracias. Dos segundos después nos la regresa con el cambio y dos caramelos, gracias.

Nos levantamos, tomamos nuestras pertenencias y nos aprestamos a salir. De salida, vemos a nuestro mesero o a la señorita que nos atendió en la entrada: ¡Hasta luego, gracias! No, ¡gracias a ustedes!