Los besos.

Enfrente del lugar donde trabajo hay un parque. Sentarse en una de sus bancas para descansar unos minutos es imposible; siempre están todas ocupadas. Desde mi ventana los veo todos los días: hombres y mujeres, hombres y hombres, mujeres y mujeres, que se besan apasionadamente, sentados, horas y horas. Seguir leyendo

Los Olores.

Para qué crearles falsas esperanzas: en este post voy a hablar muy mal de mi país. No voy a tocar los olores de copal, ni el del cilantro apenas cortado, ni el de las tortillerías. Y es que hay que reconocerlo: México tendrá olores ricos, pero casi todos se encuentran escondidos bajo la melma de hedores de ciudad. Basta caminar por cualquier calle para que distingamos el delicado olor del escape del pesero que nos tosió en la cara, los vapores de carne de perro que están cocinando en el puesto afuera del metro, o bien, la esencia de fruta podrida que exhalan las banquetas de nuestra ciudad. Si nuestra ciudad fuera una calcomanía rasca-huele, tendría el olor que dejan los mercados cuando se van: fruta vieja mezclada a basura y desagüe.

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El Civismo

Cuando cursaba el primer año de secundaria había una clase obligatoria llamada Civismo. Durante la clase nos hacían leer la constitución. Creo que la profesora se confundió y nos enseñaba el primer significado de la palabra según la Real Academia de la Lengua: Celo por las instituciones e intereses de la patria.

Yo prefiero pensar que esa clase era para enseñarnos el segundo significado que da la RAE: Comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública.

Ya sé lo que todos están pensando: que México es un país altamente incivilizado. Y sí, creo que tienen razón. Aún recuerdo la vez que me desmayé en plena avenida bajándome del autobús y nadie se apresuró a tomarme el pulso o buscar mi identificación para notificar a mi familia. Seguir leyendo

El Peatón.

El Peatón Desde que regresé a México he sido una peatona. Voluntaria e involuntariamente.

Cuando me fui hace ocho años tenía un coche propio (llamado Lucy and the Sky with Diamonds),  pero cuando decidí irme del país lo vendí, y en todos esos años raramente volví a estar al volante de vehículos que no fueran bicicletas.

Después de mi regreso a la ciudad decidí cambiar de vida y ser peatona. Al principio este nuevo estilo de vida me pareció frustrante y agotador. Ya la ciudad me parecía tenebrosa, grande y caótica, y tantito pior fuera de esa burbuja de protección y aroma a fresa que es un automóvil. Seguir leyendo