Los Olores.

Para qué crearles falsas esperanzas: en este post voy a hablar muy mal de mi país. No voy a tocar los olores de copal, ni el del cilantro apenas cortado, ni el de las tortillerías. Y es que hay que reconocerlo: México tendrá olores ricos, pero casi todos se encuentran escondidos bajo la melma de hedores de ciudad. Basta caminar por cualquier calle para que distingamos el delicado olor del escape del pesero que nos tosió en la cara, los vapores de carne de perro que están cocinando en el puesto afuera del metro, o bien, la esencia de fruta podrida que exhalan las banquetas de nuestra ciudad. Si nuestra ciudad fuera una calcomanía rasca-huele, tendría el olor que dejan los mercados cuando se van: fruta vieja mezclada a basura y desagüe.

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El Diminutivo.

¿Qquiere decir exactamente la palabra “ahorita”?

“Ahora” significa el periodo presente de tiempo; pero es posible una versión mini-me de éste?  Un minutito tiene menos segundos que un minuto? ¿Un cieguito ve más que un ciego, o bien, es más amable? La palabra “indio” es mal considerada un insulto que denota mal gusto o poca educación, pero si  se habla de un indígena, entonces la costumbre es usar el diminutivo para sentirse mejor consigo mismo: “Dale unas monedas a la indita”. Es dificil imaginarse a unos “inditos” corriendo con metralletas por los cerros de Acteal, ¿no? Lo mismo pasa con los “cojitos” y los “viejitos”.  Puede ser que el  anciano en cuestión sea un auténtico cabrón, de esos que roban dinero a sus hijos y pretenden vender a los nietos. Pero sigue siendo un “viejito”. Aaay, un viejito.

¿Y qué decir del macho revolucionario, hombre peludo, robusto y con balas adornando su pecho, que le pide a su “madrecita” que le prepare unos “frijolitos”? ¿De dónde viene esta costumbre mexicana de usar el diminutivo? Y, sobre todo, ¿por qué tenemos esa impresión de que usando el diminutivo somos menos groseros?

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Las Gracias

Estaciono mi coche en el valet parking, me bajo y el encargado me abre la puerta, gracias joven. Le doy las llaves de mi coche y él me las intercambia por un boletito. Gracias.

Entro al restaurante donde me está esperando una señorita que me pregunta cuántos somos. Dos, gracias. Nos pide que la sigamos, nos indica una mesa y nos aclara que en un segundo llegará nuestro mesero, gracias. El mesero llega con los menús, gracias, nos pregunta qué vamos a querer de tomar: para mí una limonada…gracias. En un momentito les tomo la orden, dice, gracias, y se va. Escogemos nuestras respectivas comidas, regresa el mesero y nos toma la orden; yo voy a querer la ensalada y la arrachera…gracias. Recoge el menú de la mesa, enseguida se los traigo, gracias joven.

Minutos más tarde, regresa con una pequeña mesa que trae nuestra comida, nos pone el plato enfrente, cuidado que quema, sí, gracias. Terminamos de comer y regresa para preguntar si puede retirar el plato: sí, gracias. Le pedimos la cuenta y rápidamente coloca frente a nosotros una carpeta de piel negra, muchas gracias. Abrimos, revisamos que todo esté bien, dejamos nuestros billetes. El mesero recoge la carpeta: gracias. Dos segundos después nos la regresa con el cambio y dos caramelos, gracias.

Nos levantamos, tomamos nuestras pertenencias y nos aprestamos a salir. De salida, vemos a nuestro mesero o a la señorita que nos atendió en la entrada: ¡Hasta luego, gracias! No, ¡gracias a ustedes!

El Civismo

Cuando cursaba el primer año de secundaria había una clase obligatoria llamada Civismo. Durante la clase nos hacían leer la constitución. Creo que la profesora se confundió y nos enseñaba el primer significado de la palabra según la Real Academia de la Lengua: Celo por las instituciones e intereses de la patria.

Yo prefiero pensar que esa clase era para enseñarnos el segundo significado que da la RAE: Comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública.

Ya sé lo que todos están pensando: que México es un país altamente incivilizado. Y sí, creo que tienen razón. Aún recuerdo la vez que me desmayé en plena avenida bajándome del autobús y nadie se apresuró a tomarme el pulso o buscar mi identificación para notificar a mi familia. Seguir leyendo

El Órale

Gracias a la observación de mi sagaz novio italiano, caí en cuenta de una anormal forma gramatical frecuentemente usada en este colorido país.

¿Alguien sabe decirme qué quiere decir exactamente la palabra órale? ¿Existe en otros países hispano parlantes?

Personalmente, no lo creo.

Órale es un término críptico. Supongo que “ora” viene de la palabra “ahora”. Pero  más misterioso aún: ¿qué nos dice la terminación  –le?

En otros casos es fácil deducir a lo que se refiere. Por ejemplo, en la frase “échale ganas”, la terminación –le quiere decir “a eso” (echa ganas a tu trabajo, i.e.).

Pero en órale, su significado no es claro. Quizá es simplemente una forma coloquial de convertir la palabra ahora en verbo. Como si pudiéramos decir “¡ahorízalo!” o, en términos correctos, “¡hazlo ahora!”

Pero además, la palabra “órale” se usa en muy distintas circunstancias. Veamos algunos ejemplos:

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Los Conquistadores.

catcalling

 

Los hombres mexicanos promedio tienen maneras muy curiosas de hacer eso que regionalmente llamamos ligar. O lo que es lo mismo, hacer un llamado de apareamiento.

Cada vez que, en la calle, ven pasar a una hembra con la cual les gustaría tener algún tipo de contacto sensual, utilizan siempre la misma estrategia. Años y años de evolución física e intelectual los han llevado a esta increíblemente sencilla conclusión. ¿Están listos?

La estrategia del Conquistador es: hacerle saber a la hembra que El Conquistador aprueba su físico (o su manera de caminar o su vestimenta).

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El Peatón.

El Peatón Desde que regresé a México he sido una peatona. Voluntaria e involuntariamente.

Cuando me fui hace ocho años tenía un coche propio (llamado Lucy and the Sky with Diamonds),  pero cuando decidí irme del país lo vendí, y en todos esos años raramente volví a estar al volante de vehículos que no fueran bicicletas.

Después de mi regreso a la ciudad decidí cambiar de vida y ser peatona. Al principio este nuevo estilo de vida me pareció frustrante y agotador. Ya la ciudad me parecía tenebrosa, grande y caótica, y tantito pior fuera de esa burbuja de protección y aroma a fresa que es un automóvil. Seguir leyendo